Existe una profunda separación entre el protocolo científico de un laboratorio y nuestro comportamiento cotidiano, y pocas cosas la ilustran mejor que la manera en que nos aplicamos la crema solar.
El estudio Application of sunscreen – theory and reality, publicado por Bibi Petersen y Hans Christian Wulf en la revista especializada Photodermatology, Photoimmunology & Photomedicine, pone sobre la mesa un desajuste metodológico que condiciona de forma directa la eficacia real de la fotoprotección.
La brecha entre el laboratorio y la piel
Cuando un fabricante certifica que su producto ofrece un factor de protección solar (FPS) concreto, por ejemplo, un FPS 30 o 50, esa cifra no se obtiene midiendo capas ligeras e intuitivas sobre la piel. Se determina bajo una métrica estandarizada y estricta: 2 miligramos de crema por centímetro cuadrado de piel.
El problema es que nadie se aplica esa cantidad en la vida real.
Los análisis de uso en condiciones naturales demuestran que las personas aplican habitualmente entre 0,39 mg/cm² y 1,0 mg/cm². Es decir, aplicamos de media entre la cuarta parte y la mitad del producto necesario para alcanzar el nivel de protección prometido en el envase.
Como la relación entre la cantidad de crema y el factor de protección no siempre se reduce de forma lineal, una persona que se unta la mitad de la dosis teórica no obtiene la mitad de la protección, sino un valor considerablemente menor. Un FPS 50 aplicado de forma escasa puede terminar ofreciendo una protección efectiva equivalente a un FPS 10 o 15.
La trampa del etiquetado y la falsa seguridad
Esta divergencia entre la teoría y la práctica genera una paradoja de comportamiento conocida en la literatura sobre riesgos. Las etiquetas de alto valor nominal generan un sesgo de protección percibida: el usuario cree estar completamente blindado ante la radiación ultravioleta y tiende a prolongar de forma deliberada el tiempo de exposición al sol.
A esto se le suman dos sesgos adicionales señalados en el trabajo:
Las zonas olvidadas: La aplicación manual es defectuosa por naturaleza. Esquinas de las orejas, empeines, la nuca o la zona posterior de los brazos suelen quedar descubiertas o con capas anecdóticas.
La radiación previa: En muchos casos, la exposición a la radiación UV comienza antes de aplicar el producto, anulando parte de la ventana preventiva.
Una corrección práctica al protocolo
Dado que resulta poco realista educar a la población para que pese o mida cuantitativamente los gramos de crema antes de ir a la playa, Petersen y Wulf proponen un cambio en el protocolo de uso que busca compensar la falta de densidad en la capa inicial.
En lugar del clásico consejo de rebarajar cada dos horas, la investigación sugiere una pauta de inicio en dos pasos:
Aplicar la primera capa antes de la exposición solar.
Realizar una segunda aplicación rápida dentro de la primera hora (idealmente a los 20-30 minutos de estar expuesto).
Esta reaplicación temprana cumple dos funciones estratégicas desde el punto de vista práctico: duplica la densidad efectiva del producto sobre la piel, acercándola al estándar de los 2 mg/cm², y cubre los huecos o zonas olvidadas en el primer pase. La utilización de factores nominales más elevados (FPS 50+ o 100) funciona asimismo como un margen de seguridad para amortiguar el impacto del uso deficitario habitual.
Fuente: Petersen, B. and Wulf, H.C. (2014), Application of sunscreen − theory and reality. Photodermatol. Photoimmunol. Photomed., 30: 96-101. https://doi.org/10.1111/phpp.12099
Comentarios
Publicar un comentario