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Las dos rutas migratorias que llevaron la agricultura al sur de Europa hace 9.000 años

Hace unos 9.000 años, Europa vivió una transformación que cambiaría para siempre la historia humana: la llegada de la agricultura. No fue un proceso espontáneo ni aislado, sino una auténtica revolución tecnológica que viajó con grupos de pobladores desde el Mediterráneo oriental hasta las costas atlánticas. Un nuevo estudio del CSIC ha logrado reconstruir, con una precisión inédita, las dos grandes rutas migratorias que permitieron esta expansión.

El equipo de la Institución Milà i Fontanals (IMF-CSIC), tras más de una década de investigación, ha analizado cerca de 50.000 piezas líticas procedentes de 80 yacimientos de Grecia, Italia, Francia, España y Portugal. Entre ellas destacan las primeras hoces neolíticas, herramientas clave para comprender cómo se difundieron las técnicas de siega y, con ellas, la propia agricultura.

Lo fascinante del estudio es que demuestra que la expansión agrícola no siguió un único camino, sino dos rutas complementarias que avanzaron a ritmos distintos y con tecnologías diferentes.

La primera fue una ruta marítima que partía de los Balcanes y recorría el Mediterráneo central: sur de Italia, golfo de León y finalmente el sur de la península ibérica. Estos grupos, activos desde el 6700 a. C., utilizaban hoces curvas con pequeños dientes de sílex insertados en mangos de madera. Eran herramientas modulares: los dientes se sustituían con el uso, creando un filo dentado muy eficiente para cortar cereales como trigo y cebada.

La segunda ruta, menos conocida hasta ahora, avanzó por el Adriático y el norte del Mediterráneo. Desde los Balcanes, los grupos migrantes atravesaron el norte de Italia y el sur de Francia hasta llegar a la península ibérica por su franja septentrional, alrededor del 5200 a. C. En este caso, las hoces eran distintas: empleaban láminas de sílex más largas y anchas, fabricadas mediante técnicas más complejas y afiladas periódicamente con pequeños golpes.

Estas diferencias tecnológicas no son detalles menores: permiten reconstruir con precisión los movimientos de las comunidades neolíticas y entender cómo se adaptaron a los nuevos territorios. En yacimientos excepcionales como La Draga (Banyoles) o La Marmotta (Roma), donde se han conservado incluso los mangos de madera y las resinas adhesivas, los investigadores han podido estudiar herramientas completas, algo rarísimo en arqueología prehistórica.

Reproducción de una hoz neolítica con dientes de sílex insertos en un mango de madera. / Niccolò Mazzuco

El análisis microscópico de las huellas de uso ha revelado no solo cómo se fabricaban estas hoces, sino también cómo se gestionaba la siega, en qué momento se cortaban los cereales y qué usos tenían los tallos y las semillas. Todo ello permite reconstruir la vida cotidiana de los primeros agricultores europeos con un nivel de detalle sorprendente.

Este trabajo aporta una nueva perspectiva sobre la expansión del Neolítico: la agricultura no se difundió únicamente por la transmisión de semillas o cultivos, sino también, y sobre todo, por la circulación de herramientas, técnicas y conocimientos. Las hoces neolíticas, resistentes y fáciles de identificar en excavaciones, se han convertido así en una especie de “mapa mineral” que traza el camino de los primeros agricultores.

Hace 9.000 años, dos rutas distintas llevaron la agricultura desde el Egeo hasta el Atlántico. Hoy, gracias a la arqueología y a la ciencia, podemos seguir sus pasos con una claridad que habría parecido imposible hace solo unas décadas.

Fuente: CSIC

Imagen 2: Reproducción de una hoz neolítica con dientes de sílex insertos en un mango de madera. / Niccolò Mazzuco

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